La crisis del fentanilo ya no es una “epidemia silenciosa”, es una guerra abierta contra una sustancia tan pequeña que cabe en la yema de un dedo, pero lo bastante poderosa como para matar a una persona en segundos.
En Estados Unidos, esta droga impulsa la peor ola de muertes por sobredosis de la historia; en Canadá, Europa y otros países, los servicios de emergencia ya la reconocen como un enemigo cotidiano.
Mientras tanto, los carteles la producen a escala industrial y la mezclan con todo: heroína, cocaína, pastillas falsificadas e incluso tranquilizantes veterinarios, origen de la etiqueta mediática de “droga zombi”.
¿Qué es el fentanilo y por qué resulta tan letal?
El fentanilo es un opioide sintético, creado en 1959 por el químico belga Paul Janssen como analgésico para cirugías y dolor severo. Es entre 50 y 100 veces más potente que la morfina, y unas 30 a 50 veces más que la heroína.
En medicina, los doctores lo usan en dosis cuidadosamente controladas en quirófanos, en parches para pacientes oncológicos, o en unidades de cuidados intensivos.
El problema no nace del fármaco hospitalario, sino de su clon ilegal. El que se crea en laboratorios clandestinos, sin control de dosis ni calidad, prensado en pastillas que imitan Xanax, oxycodona o analgésicos comunes, o mezclado en la heroína o la cocaína de la calle.
Como actúa sobre los receptores opioides μ del cerebro y es extremadamente lipofílico, penetra rápido y genera una analgesia y euforia intensas… pero también una depresión respiratoria brutal. Un error mínimo de dosis, o una pastilla adulterada, basta para que la persona simplemente deje de respirar.
De la sala de operaciones al mercado negro el origen y auge del fentanilo
La historia del fentanilo tiene dos caras:
Cara médica
Desde los años 60, el fármaco se convirtió en herramienta clave de la anestesia moderna. Se considera tan efectivo que figura en la Lista de Medicamentos Esenciales de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Cara ilegal
A partir de los 2000, el mercado negro empezó a copiar su estructura química y producir análogos de fentanilo (carfentanilo, acetilfentanilo, etc.) con potencias todavía mayores.
Con el endurecimiento de la regulación de opioides recetados (oxycodona, hidrocodona) en Estados Unidos, millones de personas con dependencia quedaron atrapadas entre el dolor y la abstinencia.
El fentanilo clandestino llenó ese hueco: más barato, más potente, más fácil de transportar. Hoy, según la DEA y análisis de política internacional, la cadena se ve más o menos así:
- China e India concentran buena parte de la producción de precursores químicos.
- Cárteles mexicanos, sobre todo el de Sinaloa y el CJNG, producen fentanilo en polvo y pastillas en laboratorios en estados como Sinaloa, Sonora y Baja California, el nuevo “triángulo dorado” del fentanilo.
- De ahí, la droga cruza la frontera hacia Estados Unidos y, en menor medida, a Canadá y otros mercados.
El resultado es una sustancia extremadamente letal que viaja con la misma facilidad que un paquete de café molido.
La expansión de la “droga zombi” fentanilo, xylazina y un cóctel mortal
En titulares y redes, mucha gente habla del fentanilo como “droga zombi”. Técnicamente, ese apodo se refiere más a la xilazina, un sedante veterinario no aprobado para humanos, que se mezcla cada vez más con fentanilo en Estados Unidos y otros países.
En la práctica, en la calle aparece un cóctel:
- fentanilo = opioide sintético ultra potente,
- xilazina (“tranq”, “tranq dope”) = sedante que provoca somnolencia extrema, úlceras y necrosis en la piel, a veces también metanfetamina o cocaína.
Cuando alguien consume esa mezcla entra en un estado de sedación profunda, su respiración se desploma, puede perder la consciencia en segundos. La xilazina complica el rescate porque no responde a la naloxona, que sí revierte los efectos del fentanilo.
Este cóctel explica las imágenes de personas encorvadas, inmóviles, con heridas abiertas en brazos y piernas. Exactamente el tipo de escenas que dieron origen al término mediático de “drogas zombi” en ciudades como Filadelfia o Nueva York.
Cinco años de cifras en rojo así creció la crisis del fentanilo
Las estadísticas en Estados Unidos muestran un salto brutal en la última década, con un foco claro en fentanilo y otros opioides sintéticos:
- En 2019, murieron 49.860 personas por sobredosis de opioides; de ellas, unas 36.359 tenían implicados opioides sintéticos (principalmente fentanilo).
- En 2021, el país registró 106.699 muertes por sobredosis, y los opioides sintéticos aparecieron en 70.601 de esos fallecimientos.
- En 2022, casi 110.000 estadounidenses murieron por sobredosis; alrededor de 74.000 muertes involucraron fentanilo, según la Asociación Americana de Psiquiatría.
- En 2023, la cifra total bajó ligeramente a 105.007 muertes por sobredosis, pero los opioides siguieron presentes en más de 80.000 casos.
- En 2024, por primera vez en años, los decesos por sobredosis bajaron con fuerza. Unas 80.391 muertes según estimaciones del CDC, con 48.422 muertes vinculadas a opioides sintéticos como el fentanilo, un descenso cercano al 37 % respecto a 2023… pero todavía un nivel mucho más alto que antes de la crisis.
Si miramos el conjunto, científicos que analizan la mortalidad concluyen que las muertes asociadas a fentanilo aumentaron más de 7,5 veces entre 2015 y 2022, convirtiendo a esta sustancia en el principal motor de la ola de sobredosis.
Más allá de Estados Unidos: los otros países atrapados por el fentanilo
Aunque Estados Unidos concentra el foco mediático y las cifras más dramáticas, el fentanilo se extendió como mercado y como amenaza a otros países:
Canadá
Entre 2016 y mediados de 2024, Canadá registró más de 49.000 muertes aparentes por toxicidad de opioides. En 2023, murieron 7.057 personas por opiáceos solo en Canadá, con implicación directa de fentanilo y sus análogos en una parte importantísima de esos casos.
En 2024, el fentanilo estuvo presente en el 75 % de las muertes por sobredosis de opioides, un aumento del 32 % desde 2016.
Europa
Europa no vive una crisis tan centrada en el fentanilo como Norteamérica, pero los informes de la Agencia Europea de Drogas (EUDA) y de la UNODC ya alertan de un aumento de opioides sintéticos en los mercados ilícitos, incluidos derivados de fentanilo y nuevos compuestos como las nitazinas.
El Reino Unido, por ejemplo, aprobó en 2024 una ley para prohibir la xilazina y otras “drogas zombi”, e instruyó a sus fuerzas de frontera para detectar también fentanilo y otros opioides sintéticos en rutas de contrabando.
América Latina y otras regiones
México figura ahora en los informes de Estados Unidos y de la ONU como centro de producción y tránsito de fentanilo hacia Norteamérica. Las incautaciones masivas se concentran en estados fronterizos como Sinaloa, Sonora y Baja California.
En Sudamérica, la UNODC advierte que las redes que ya mueven cocaína comienzan a explorar también el negocio de opioides sintéticos, aunque el consumo todavía se mantiene menor que en Norteamérica.
Australia, Italia y el Reino Unido, entre otros, ya reportan incidentes y muertes ligadas a fentanilo, además de preocupaciones por la llegada de nuevos análogos. En resumen, Estados Unidos y Canadá son el epicentro, pero el mapa de riesgo se expande.
¿Por qué su consumo crece potencialmente?
La crisis del fentanilo no ocurre porque sí, surge de una combinación explosiva de factores:
Oferta muy rentable
Es barato de producir, fácil de sintetizar en laboratorios clandestinos, y una cantidad mínima rinde miles de dosis.
Su potencia permite a los carteles compactar millones de dólares en paquetes pequeños, ideales para rutas de contrabando.
Demanda construida por el propio sistema de salud
Durante años, médicos y farmacéuticas recetaron opioides en exceso, lo que disparó la dependencia.
Cuando los gobiernos endurecieron las prescripciones, muchas personas ya dependientes pasaron a la heroína y luego al fentanilo, más barato y accesible.
Mercado contaminado
Usuarios de cocaína, MDMA o pastillas falsas terminan consumiendo fentanilo sin saberlo, porque los dealers lo mezclan para “potenciar” el producto o abaratar costos.
Respuesta desigual del Estado
Se amplió el acceso a naloxona y a tratamientos con metadona o buprenorfina, lo que ayudó a bajar muertes en 2023 y 2024.
Pero muchos territorios siguen sin servicios de reducción de daños, sin centros de tratamiento accesibles y con estigmas que alejan a quienes más necesitan ayuda.
Nuevos competidores aún más potentes
Incluso mientras algunos países logran frenar ligeramente las muertes por fentanilo, emergen opioides sintéticos aún más fuertes, como las nitazinas o el carfentanilo, que ya registran picos de muertes en varios lugares.
Es decir, el sistema apaga un incendio mientras, a pocos metros, ya arden otros.
Víctimas de una droga que nunca eligieron
Cuando hablamos de fentanilo, los números son tan grandes que pueden sorprender. Decenas de miles de muertos al año, cientos de miles en una década.
Pero detrás de cada cifra hay una historia, alguien que empezó con una receta legítima, alguien que consumió una pastilla falsa en una fiesta, alguien que vivía en la calle y buscaba anestesiar el frío y el trauma.
La “droga zombi” no convierte en monstruos a las personas; lo que deshumaniza es un sistema que crea adicción con medicamentos legales, luego criminaliza a quienes desarrollan dependencia, y finalmente los deja morir en soledad cuando el mercado cambia la fórmula.
Porque al final, el verdadero rostro de esta crisis no es el polvo blanco ni la jeringa en una foto; son las sillas vacías en las casas, las llamadas que nunca volvieron y las vidas que un gramo invisible arrancó del mapa.