Mapaches en modo ciudad, ciencia afirma que se están domesticando para sobrevivir en Canadá

Los mapaches no pidieron autopistas, suburbios ni contenedores rebosantes. Pero, ante un mundo fragmentado y lleno de residuos, eligieron la única estrategia posible: acercarse, observarnos, aprender de nuestros errores y convertir nuestra basura en su sustento.

En las noches de Toronto, Hamilton o Mississauga, no son los perros ni los gatos los verdaderos dueños de los callejones, son los mapaches urbanos. Escalan techos, abren contenedores “a prueba de animales”, cruzan avenidas como si fueran suyas y miran a los humanos con una mezcla de curiosidad y descaro.

Según estudios estos animales se están “auto domesticando” para vivir a nuestro lado y alimentarse de nuestra basura, y ciudades de Canadá se han convertido en un laboratorio a cielo abierto de esta transformación.

Del bosque al cubo de basura ¿cómo empezó la historia de los mapaches urbanos?

El mapache norteamericano (Procyon lotor) es originario de bosques, riberas y zonas húmedas, donde usaba sus manos increíblemente hábiles para buscar cangrejos, frutos, insectos o huevos.

Pero a medida que los paisajes se urbanizaron, el animal no desapareció, al contrario, se mudó con nosotros. En Canadá, y especialmente en el sur de Ontario, el cambio fue radical.

Lo que antes era “vida salvaje” alrededor de ríos y bosques se transformó en barrios, autopistas y suburbios. El resultado, como resumen: “se han convertido en criaturas urbanas, principalmente porque nosotros los hemos hecho así”, según la ensayista Amy Lavender Harris.

¿Por qué las ciudades les sientan tan bien?

  • Food truck permanente: basura abundante, compost, comida para mascotas, huertos urbanos.
  • Depredadores casi inexistentes: el viejo enemigo (el humano con escopeta) desaparece en la ciudad; el auto es casi el único peligro real.
  • Refugios perfectos: áticos, chimeneas, techos, garajes, alcantarillas y parques son nuevos “árboles huecos”.

En términos ecológicos, los mapaches no “invadieron” las urbes. Fueron las ciudades las que invadieron su hábitat, y ellos aprovecharon el desastre para reinventarse.

Mapache urbano en Canadá revisando un contenedor de basura en plena ciudad.
Mapache urbano en Canadá revisando un contenedor de basura en plena ciudad.

Canadá laboratorio urbano Toronto, la capital mundial del mapache

Si hay un lugar donde esta adaptación se ve a simple vista es Toronto. Crónicas, documentales y hasta campañas de marketing la describen como la “capital mundial del mapache”, con densidades urbanas de hasta 150 mapaches por kilómetro cuadrado, frente a los 10–20 por km² típicos del medio rural.

En el documental Raccoon Nation, emitido por el programa científico The Nature of Things, biólogos y etólogos siguieron a mapaches con collares GPS en Toronto y descubrieron varias cosas sorprendentes:

  • Evitan los parques “naturales” y prefieren patios traseros, callejones y zonas de contenedores, donde hay más comida.
  • Aprenden a delimitar territorios usando avenidas y grandes carreteras como fronteras, para esquivar a su principal depredador: el coche.
  • Son más grandes, más atrevidos y con dietas mucho más variadas que sus primos rurales.

La bióloga Suzanne MacDonald, profesora de comportamiento animal en la York University de Toronto y una de las mayores especialistas en mapaches urbanos, lo menciona de forma contundente:

“Creo que los mapaches encajan a la perfección en las ciudades; dondequiera que se introducen, les va muy, muy bien”.

Ese “muy, muy bien” también se siente en Mississauga, Hamilton o Scarborough, donde empresas de control de fauna describen parques y barrios residenciales como ambientes casi ideales para mapaches.

Ellos encuentran mucha comida, refugios, menos depredadores y un invierno duro pero manejable gracias a techos y sótanos humanos.

La ciencia se mete al callejón los primeros signos de “auto domesticación”

La gran novedad de los últimos meses es que la ciencia empezó a hablar explícitamente de “domesticación incipiente” en mapaches de ciudad.

Un estudio reciente publicado en Frontiers in Zoology analizó casi 20.000 fotografías de mapaches subidas a la plataforma ciudadana iNaturalist, comparando animales de zonas rurales con otros de áreas densamente urbanizadas.

La investigación, liderada por la zoóloga Raffaela Lesch, de la University of Arkansas at Little Rock, encontró que los mapaches urbanos tienden a tener hocicos ligeramente más cortos que los rurales, un rasgo típico de la llamada “síndrome de domesticación” en perros, gatos o ganado.

Lesch explica su pregunta de partida así: “Quería saber si vivir en un entorno urbano podía activar procesos de domesticación en animales que hoy no consideramos domésticos”.

Después, apunta al gran responsable: nuestra basura. “La basura es realmente el detonante”, afirma. “Donde vamos los humanos, hay basura. Los animales adoran nuestra basura. Sólo tienen que tolerarnos, no ser agresivos, y pueden darse un festín con lo que tiramos”.

En otras palabras, los mapaches que soportan mejor la presencia humana se acercan más a las casas y explotan mejor los contenedores consiguen más comida y más oportunidades de reproducirse.

Con el tiempo, ese filtro puede favorecer rasgos físicos y de comportamiento similares a los de animales domesticados, incluso sin que nadie los críe como mascotas.

Hoy los mapaches son más audaces, menos temerosos de la gente y exploran nuevos tipos de refugios.
Hoy los mapaches son más audaces, menos temerosos de la gente y exploran nuevos tipos de refugios.

Cerebros más agudos, menos miedo ¿cómo cambian su comportamiento para vivir con nosotros?

La domesticación no es solo cuestión de hocicos. En la práctica diaria, lo que más llama la atención es el cambio de comportamiento de los mapaches urbanos frente a los rurales.

Estudios de campo y experimentos de resolución de problemas liderados por Suzanne MacDonald muestran que los mapaches de ciudad superan a sus parientes del campo a la hora de abrir mecanismos, recordar rutas o resolver “puzzles” para conseguir comida.

En el ensayo Raccoon City, Amy Lavender Harris sintetiza décadas de observación y entrevistas con expertos. Los mapaches urbanos han cambiado “más en las últimas décadas que en los últimos 40.000 años”, menciona.

Hoy son más audaces, menos temerosos de la gente, exploran nuevos tipos de refugios, hibernan menos y organizan sus territorios en función de nuestras infraestructuras.

MacDonald lo ha dicho con ironía en el documental Raccoon Nation: “Irónicamente, al ponerles todas estas trampas y contenedores ‘a prueba de mapaches’, quizá estemos construyendo al ‘súper mapache’”.

Cada nuevo diseño de basurero “antimapaches” se convierte en un nuevo reto cognitivo. Y cada reto superado favorece a los individuos más hábiles y persistentes, que son los que dejan más crías.

En Canadá, esto se ve en detalles muy concretos:

  • Mapaches que aprenden a esperar la hora exacta en que se sacan los contenedores a la calle.
  • Animales que dejan de huir cuando se enciende una luz o se abre una puerta, porque han aprendido que la gente suele espantarlos, pero raramente los hiere.
  • Hembras que usan áticos, huecos de tejado o bodegas como “nidos de cría”, sustituyendo lo que antes hacían en troncos huecos.

Desde el punto de vista evolutivo, eso es una adaptación finísima a un ecosistema nuevo.

¿Mascotas del futuro o vecinos incómodos? Domesticación vs. Convivencia tensa

Hablar de “mapaches domesticados” puede sonar a futuro cercano donde la gente los pasea con correa, pero los expertos son más cautelosos.

Lo que vemos hoy en Canadá y Estados Unidos se parece más a un proceso de “comensalismo avanzado”.

Animales silvestres que viven muy cerca de los humanos se alimentan de nuestros residuos y aprenden a tolerarnos, sin que exista un ciclo de cría controlada como el de perros o gatos. Además, esta “auto domesticación” tiene un lado oscuro:

  1. Más mapaches confiados = más conflictos por daños en techos, jardines o cables.
  2. Mayor proximidad = más riesgo (aunque bajo) de transmisión de enfermedades zoonóticas, como la rabia o el parásito Baylisascaris procyonis.
  3. Rápida reproducción en entornos con comida ilimitada = poblaciones difíciles de gestionar para las ciudades.

Por eso, especialistas como MacDonald y otros etólogos insisten en un mensaje clave: no alimentarlos directamente y reforzar la convivencia responsable (asegurar basura, sellar accesos a casas, respetar la fauna).

No se trata de demonizarlos ni de convertirlos en peluches, sino de aceptar que son fauna salvaje extremadamente adaptable viviendo a nuestro lado.

El precio y la belleza de adaptarse para sobrevivir

Lo que está ocurriendo con los mapaches en Canadá y otras ciudades del hemisferio norte cuenta una historia mucho más grande que unos “trash pandas” simpáticos robando basura.

Habla de cómo la vida se dobla, se reinventa y cambia de forma para sobrevivir en los huecos que dejamos, incluso en los lugares más artificiales. Los mapaches no pidieron autopistas, suburbios ni contenedores rebosantes.

Pero, ante un mundo fragmentado y lleno de residuos, eligieron la única estrategia posible: acercarse, observarnos, aprender de nuestros errores y convertir nuestra basura en su sustento.

En ese proceso, están cambiando físicamente, volviéndose menos temerosos y más expertos en descifrar nuestras ciudades. La pregunta incómoda es qué nos dice eso de nosotros mismos.

Si nuestra huella urbana y nuestra producción de basura son tan grandes que pueden empujar a otras especies hacia procesos de domesticación sin que siquiera lo intentemos, ¿qué tipo de mundo estamos construyendo?

Tal vez los mapaches urbanos sean un espejo, ellos cambian para sobrevivir.

Camila Restrepo
Camila Restrepo
Estudiante de Comunicación Social en la Universidad de La Sabana (Colombia). Redactora de VoxMundo, apasionada por la cultura contemporánea, los movimientos sociales y las historias que inspiran a las nuevas generaciones. Creo en el poder de las palabras para transformar realidades.

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